Aunque muchas veces parece que hay fechas significativas, marcadas por los siglos pasados, donde tenemos que realizar determinados ritos, que nos ligarán o no, a esos ancestros.
La verdad es que nosotros mismos necesitamos nuestros propios ritos de paso que nos ayuden a comprendernos y comprender aquello que nos rodea.
Tal vez, las circunstancias nos hayan puesto en situaciones en las que la vida parece un rio desbordado que nos lleva. Y entonces el dolor acumulado, unido al del momento, parece magnificar su obra y semjamos barquichuelas a la deriva.
Desearíamos tener a nuestro lado a los seres luminosos que nos han acompañado en nuestro caminar, pero la cruel realidad hace que lejos de nosotos habiten. Y entonces nos aferramos a sus imagenes introyectadas en nosotros mismos o en las fotografias que nos acompañan en nuestro devenir. Y buscamos refugio instintivo en ellos. Acaricicamos su facciones, su pelo, sus ojos, sus labios y de pronto, el malestar parece diluirse como una capa de nieve ante los leves rayos del sol.
La sonrisa, la paz transmitida obra el milagro sencillo, pero autentico de hacernos acreedores de su amor.
El tiempo nos ayuda a curar heridas pero también a hacernos cada vez más dos en uno…
Rula, rula … ruliña